A Propósito de “Escrito sobre el viento”

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CARTEL

por  Jaime Llabrés Carbonell

En el mundo del fútbol hay entrenadores que acoplan todo un equipo a su visión y filosofía del juego, sin embargo, hay otros que se adaptan a los jugadores con los que cuentan y trabajan con los que el Club y la secretaría técnica les proporciona. En uno y otro extremo hay ejemplos de éxitos y fracasos. Posiblemente más celebrados los primeros que los segundos en los que el entrenador siempre queda en un discreto plano.

Extrapolando esta realidad al mundo del cine, hubo en la etapa clásica americana (del 30 a finales de los 50) directores que lograron controlarlo todo, desde los guiones que querían rodar hasta los actores que debían intervenir. Fueron pocos y no simpre consiguieron que sus exigencias, se convirtieran en éxitos. Como contrapartida, había otros que, a sueldo de los omnipotentes estudios: Metro, Warner, Fox…tuvieron que contentarse con lo que les ofrecían. La relación de estos directores es extensa y algunos de ellos supieron a través de un cine, llamemos de “encargo”, al que tuvieron que adaptarse, mantener su dignidad, conservar las huellas de su personalidad y demostrar con su profesionalidad que fueron más que simples “artesanos”. Lo cierto es que sus filmes “funcionaron” aunque fueron considerados y valorados muy tardíamente y en parte gracias a “Cahiers de Cinema” que en los 60 reivindicó buena parte de sus obras. Entre estos directores recuerdo a Wellman, A. Dwan, M. Curtis, Borzage, Leisen, Diertele…y D. Sirk, autor de “Escrito sobre el viento” y que se definió como un “doblegador de historias”, es decir, un cineasta que intenta llevar a su terreno una serie de guiones que, a menudo, estaban muy alejados de sus intereses estéticos y éticos.

Cuando en 1955 aborda el rodaje de “Escrito sobre el viento”, adaptación de una novela de R. Wilder (autor también de “Flamingo Road”), se ha convertido en el director estrella de una pequeña compañía, la Universal, para la que había firmado un contrato unos años antes. Consecuente con la política de los estudios conseguirá trabajar con un grupo estable compuesto por los fotógrafos Stinne y Metty, los autores de bandas sonoras Skinner y Gerherson y los guionistas Hoffman y Zuzkerman. En esa época  y después de incursiones en otros géneros: el western, el musical y el film de época, su nombre va a quedar vinculado para siempre al melodrama americano al que incorporó lo aprendido en Alemania como director de teatro y cine, tanto en el campo de las estructuras dramáticas como en el campo de la puesta en escena y que se puede resumir básicamente en: unos elementos dramáticos extraídos del folletín (la trama del film ha sido un referente para interminables series televisivas: “Dallas”, “Dinastía”…); la presencia de la naturaleza como herencia romántica (patente especialmente en “Sublime obsesión” y evidente en la primera secuencia de la obra en la que la tormenta, las hojas desatadas por el viento son preludio del mundo interior de los personajes); y la predilección por las elipsis (frecuentes en ese género). Con estos ingredientes y trabajando para la Universal – como ya he dicho- dirigió varias obras que son iconos del género melodramático, género al que dotó de sensibilidad sin traspasar la línea que separa lo conmovedor y sentimental de lo sensiblero, sin descartar tanto la crítica social como la reflexión sobre la infelicidad y la problemática de los personajes. “Sublime obsesión”, “Sólo el cielo lo sabe”, “Imitación a la vida”…son buenos ejemplos de ello, como lo es también “Escrito sobre el viento”, película construida sobre el tema del fracaso y de la melancolía, provocados por la nostalgia de valores prohibidos o nunca alcanzados y de la frustración que a menudo, late detrás del aparente éxito económico (patente en el personaje del padre, débil e inseguro que muestra su desazón por no haber sabido educar convenientemente a sus hijos). No en vano dijo el director que el “échec” el no tener salida, era uno de los temas que más le apasionaban, tal vez porque el héroe melodramático es una persona que ha perdido su razón de ser y que se encuentra bloqueado para luchar por recuperarlo. Los ejemplos son abundantes tanto en la literatura como en el cine que cuenta con una generosa gama de personajes perdedores y fracasados, desde los hundidos por la adicción al alcohol (“Días de vino y rosas”), a la droga (“El hombre del brazo de oro”), al juego (“El jugador”), a los que pierden defendiendo sus convicciones (“Duelo en la alta sierra”) sin contar con los atrapados por la mujer fatal (“Perdición”) y los desheredados sociales , que apenas son conscientes de su condición de perdedores (“Los santos inocentes”).

En esa tesitura se encuentran los dos hermanos (R. Stack y D. Malone) protagonistas de “Escrito sobre el viento”, personajes románticos y desarraigados que han perdido su sitio en el mundo; él en busca de su autoestima e identidad, ella, en busca de R. Hudson, amigo de la infancia de su hermano y por el que desde la adolescencia siente una potente atracción. En medio de los dos amigos se interpone L. Bacall, pragmática y equilibrada, que apuesta por el “perdedor”, R. Stack. La relación entre los cuatro va a crecer en intensidad hasta convertirse en un peligroso cocktail. Pero D. Sirk lejos de esperar la explosión al final, la anticipa en una extraordinaria secuencia con la que se inicia el film: las torres de petróleo, el logotipo con la letra H (emblema de la familia) , las ráfagas de viento , la llegada a la casa familiar de R. Satck con su coche amarillo, el sonido de un disparo…Después de ese prólogo, el espectador se pregunta por el proceso que ha conducido a ese final (estrategia del antisuspense) y es a partir de ese momento cuando los acontecimientos, después de un periodo de estabilidad por parte de Robert Stack y su mujer, se van precipitando: la borrachera, la salida de D. Malone con el chico de la gasolinera, la muerte del padre…

El final es verdaderamente un final feliz?. D. Malone ha quedado sola, acariciando la estatuilla de un pozo de petróleo, sin tener nada de lo que verdaderamente deseaba y, por otra parte, no parece haber felicidad en los otros dos personajes R. Hudson y L. Bacall. Creo, que del fracaso, no se libra nadie aunque lo vivan y padezcan de forma diferente.

Sirk es, en mi opinión, junto con Sthal, Leisen, McCarey, Ophuls, uno de los grandes autores del melodrama, género, muy a menudo, poco considerado por parte de la crítica y que sin embargo ha dado al cine auténticas obras maestras.

El autor quiso que “Escrito sobre el viento” fuera una película barroca, romántica, con un estilo simbólico, estilizado e incluso sofisticado y creo que lo consiguió especialmente por lo que respecta al color, ya que en un tono general dominado por los grises y los azules, (símbolos de la melancolía otoñal), cobran relevancia expresiva todos los elementos que, en contrapunto, tienen un efecto chirriante: los vestidos de P. Malone, el color de los coches, el lazo negro que se desprende de la corona…

El guión puede ser pródigo en excesos, lo admito, pero el autor definió al cine como: “sangre, lágrimas, violencia, odio, muerte y amor”. Y en el film, como en la vida, están presentes todos ellos desde el primer momento.

 

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