ARRUPE, UN SANTO SIN AUREOLA

por Pedro Miguel Lamet

 

 

Poco después de que el avión procedente de Bangkok aterrizara en el aeropuerto de Fiumicino, hacia las cinco y media de la mañana del 7 de agosto de 1981, Arrupe intentó coger una maleta. Pero la mano no le funcionaba. A su regreso de un viaje a Filipinas y Tailandia, donde se había ocupado de los refugia­dos camboyanos, laosianos y vietnamitas, algo había hecho “clic” en su cerebro. De los tiempos en que estudiaba medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid tuvo que intuirlo: era una trombosis, exactamente un bloqueo de la arteria carótida con efectos sobre el hemisferio izquierdo del cerebro y el lado derecho del cuerpo. Trasladado al hos­pital Salvator Mundi de Roma, a la siete de la mañana, el escáner con­firmó el diagnóstico: embolia en la arteria carótida izquierda.

 

En aquel instante el frenético reloj, cargado de infatigable activi­dad apostólica, del padre Pedro Arrupe(1) se quedó parado. Igual que se quedó trágicamente congelado el reloj de Hiroshima a las ocho horas quince minutos y diecisiete segundos de aquel fatídico 6 de agosto de 1945. El comandante Paul Tibbets miró desde el morro de plástico de su B‑29 y, contemplando lo que acababa de provocar –la primera explosión atómica de la historia–, exclamó: “¡Qué hemos hecho, Dios mío!”.

 

Arrupe no olvidaría jamás aquel reloj parado. Ni los baldes que te­nía que utilizar para recoger el agua de las inmensas ampollas de los damnificados, que atendió en su noviciado, convertido en hospital pro­visional. Ni los cascotes de una ciudad convertida en cenizas, entre los que se oían los gritos de sombras ambulantes que pedían ayuda o un poco de agua. Con una navaja de afeitar a modo de bisturí, Arrupe ex­traería miles de fragmentos incrustados en la piel en unas inolvidables jornadas en las que apenas supo lo que era conciliar una o dos horas de sueño. Sin medicinas ni instrumental tuvo que servirse de un sexto sen­tido médico: sobrealimentar a una multitud de heridos para estimular en ellos la autocuración.

 

Su gesta humana fue increíble; su relato posterior, espeluznante. Pero Pedro Arrupe ignoraba aún todo lo que iba a suponer en su vida la experiencia interior de una descarga superior a la atómica. Quizás lo que los orientales llaman la “iluminación” y en el lenguaje cristiano se ha llamado ilustración interior.

 

Desde entonces, Arrupe iba a permanecer joven y libre, además de profético en el sentido bíblico del término. Elegido superior provincial, ya había vivido un poco de todo, desde que naciera en Bilbao el 14 de noviembre de 1907: el exilio de España; los tiempos del nazismo en Alemania, cuando los superiores le destinaron a estudiar psiquiatría; el choque del estilo americano en USA; el estallido de la segunda guerra mundial en Japón, con su descubrimiento apasionado del zen y la cul­tura oriental; la cárcel, acusado de espía; el desafío de formar en el es­píritu del vasco Ignacio de Loyola a jóvenes japoneses...

 

El provincial Pedro Arrupe se preparaba para responsabilidades mayores. Ya había dado varias veces la vuelta al mundo y había vivido una continua experiencia internacional, pero bien diversa de la de Ka­rol Wojtyla, en la variopinta comunidad jesuítica de aquel país de mi­sión, donde potenciara la famosa Universidad Sophia, cuando en 1965 fue elegido en Roma para general, vulgo “papa negro”, de la Compañía de Jesús.

 

A partir de entonces la onda explosiva de Pedro Arrupe se extiende a todo el mundo, respondiendo a los desafíos de los años sesenta y a la era postconciliar dentro de la Iglesia. Optimista por naturaleza, se mantuvo jovial y sonriente viviendo una relación de persona a persona con cada uno de sus súbditos, volcado hacia el futuro y con una continua creatividad.

 

“Jesuitas como los de antes”

 

Pero a partir de este momento también comienzan los problemas con la Santa Sede. Pablo VI, quien profesaba un cariño especial hacia Pedro Arrupe, comenzó, como sabemos, a asustarse en su última etapa de las consecuencias ambiguas creadas por la revolución espiritual que había provocado el Concilio Va­ticano II en la Iglesia.

 

Pedro necesitaba hacer compatibles dos realidades de su expe­riencia vital: la intuición de un clarividente y la fidelidad a machamartillo a la Sede Apostólica. Era la semilla del drama arrupiano. La Compañía siguió adelante en la arriesgada renovación, cuando el Vaticano ya comenzaba a retroce­der. Los jesuitas, liderados por Arrupe, optaron en su XXXII Congregación General por luchar contra la injusticia en el mundo, como una consecuencia natural de su opción por la fe. Este tema y la revisión de los grados (diversas categorías de jesuitas dentro de la orden) provocaron una intervención de la Santa Sede.

 

Pablo VI llamó a Arrupe y no le dejó hablar. Le ordenó que escri­biera lo que le dictara el sustituto de la Secretaría de Estado, entonces cardenal Benelli. Arrupe salió llorando. Pero a los pocos minutos, con una son­risa en sus labios, predicaba a los jesuitas representantes de todo el mundo y congregados en Roma cómo obedecer con alegría.

 

Convertido en una especie de ídolo para los periodistas –respon­día a todo y a todos–, sus cartas y ruedas de prensa aparecían hasta en los periódicos de la Unión Soviética. Por escribir sobre las injusticias de América Latina, el racismo en Estados Unidos o la falta de espíritu social de los ex alumnos, fue enseguida acusado de marxismo. Algo que él se tomaba con sentido del humor, sin que ninguna crítica coar­tara su libertad. Pero también algo que apuntaba interiormente en su memoria y en el fondo exasperaba al entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla.

 

Sus gestos iban mucho más allá de sus palabras: visitó en Esta­dos Unidos a Daniel Berrigan, un jesuita encarcelado por haber que­mado los archivos de reclutamiento del Vietnam. Desafió al presi­dente Stroessner, que había expulsado a varios miembros de la orden de Paraguay. Interrogó al general Franco por las torturas en España. Defendió al discutido antropólogo jesuita Teilhard de Chardin, y se planteó en serio el diálogo con los no creyentes, la ciencia, el mar­xismo y las culturas no occidentales. Pero, sobre todo, escribió cientos de textos sobre espiritualidad y fue repetidas veces reelegido como presidente de la Unión de Generales de Órdenes Religiosas en Roma. Era un lí­der indiscutible del postconcilio, seguido y admirado por el ala reno­vadora, entonces mayoritaria, de la Iglesia.

 

Pero ni el sector integrista de la orden ni algunos obispos veían con buenos ojos las innovaciones de Arrupe, que había creado un es­tilo diferente, más amigable, de gobierno, y nuevas interpretaciones de la obediencia y la vida religiosas. La intervención de los llamados con humor “jesuitas descalzos” vino sobre todo de España. El enton­ces arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo, estuvo a punto de conseguir de Roma que se creara una especie de provincia aparte para el grupo de jesuitas ortodoxos. Sin embargo, Arrupe, incansable viajero, que había retrasado intencionadamente su visita a España, precisa­mente por ser su propio país, lo visitó en 1970 y se metió, con su sim­patía, a muchos conservadores en el bolsillo.

 

Pero la ola de protestas de los que querían “jesuitas como los de antes” seguía llegando a Roma. Juan Pablo I moriría en vísperas de pronunciar un discurso muy severo a los miembros de la orden igna­ciana(2). Es claro que Juan Pablo II no comulgaba con las ideas del padre Arrupe, aunque respetaba su gran categoría espiritual. Arrupe intentó dialogar con él. El Papa debía de haber tomado ya sus decisiones internas sobre el tema. En el precónclave que precedió a la elección del papa Wojtyla, los cardenales, por expreso deseo del general de los jesuitas, habían discutido sobre el estado de la orden en el mundo y habían analizado el discurso del papa Luciani. Allí estaba Wojtyla, que ya había tenido algunos roces con religiosos en su diócesis.

 

Arrupe pedía una y otra vez audiencia. Pero el Papa blanco sólo quiso recibir al “papa negro” en dos ocasiones y por breve tiempo. Durante unos ejercicios espirituales, el padre Arrupe experimentó una premonición de los sufrimientos que se le venían encima. “Si mi estilo no gusta al Papa, debo dimitir”, se había dicho a sí mismo. En febrero de 1980, después de consultar con sus asistentes y las ochenta y cinco provincias, presentó a la Compañía la renuncia a su cargo vitalicio. Pero el Papa no quiso acep­tar su dimisión. Tenía algo pensado para el futuro de la Compañía. Le comunicó en una carta el 1 de mayo que a su regreso de África hablarían. Ante el silencio del Papa, tres de los asistentes le abordaron durante la visita de éste al Gesù. Le pidieron a Juan Pablo II audiencia, porque “estamos con al agua al cuello”. “Será pronto”, contestó el Papa. La reunión tuvo lugar el 17 de enero de 1981, pero no dio resultado. El 13 de abril el Papa mostró al padre Arrupe su preocupación de que una congregación general de la Compañía eligiera a un hombre afín a la línea actual. Un mes más tarde el Papa sufrió el atentado.

 

Entonces sobrevino el trombo al padre Arrupe y se volvió a quedar parado el reloj. Con medio cuerpo paralizado, tuvo que volver a aprender a mal escri­bir. El hombre que hablaba siete lenguas ya sólo las entendía, apenas podía expresarse en español y había olvidado todos los nombres. Así tuvo ocasión el autor de este artículo de visitarlo en Roma, para preparar su biografía, en julio de 1983. Estaba en un rincón de su desnuda habi­tación de enfermería, consumido, transparente, con una dulce sonrisa en los labios y sostenido por un impresionante fuste interior.

 

Golpe de mano

 

Para entonces, la humillación ya había llegado. Arrupe, conforme a las Constituciones de la Compañía e imposibilitado para gobernar, había nombrado un vicario suyo en la persona del padre Vincent O’Keefe, que sería el encargado de convocar la Congregación General, el “parlamento” jesuítico que elegiría sucesor del padre Arrupe. Con este fin escribió al cardenal Casaroli para obtener autorización del Papa.

 

Pero la Santa Sede intervino de forma imprevista. Un buen día el cardenal Agostino Casaroli, sin avisar al nuevo vicario, se presentó con intención de visitar al padre Arrupe en su habitación de enfermo. No dejó entrar al padre O’Keefe. Cuando salió, después de unos quince minutos, había una carta encima de la mesa y Arrupe estaba llorando. El Papa interrumpía el proceso consti­tucional de la orden y nombraba un delegado personal suyo. Casaroli le dijo a O’Keefe: “Hable con el padre Dezza”.

 

Se decía que en un principio se había pensado en un hombre no perteneciente a la Compañía. Pero finalmente se optó por elegir a un je­suita, el padre Paolo Dezza, un anciano de ochenta años, semiciego, que había sido confesor de dos Papas y que no se caracterizaba precisamente por comulgar con las ideas de Arrupe. Tras la muerte de Arrupe, Juan Pablo II le nombrará, para premiarle por este servicio, card­enal de la Iglesia. La medida del Papa no tenía precedentes desde que en 1773 Clemente XIV suprimiera la Compañía de Jesús.

 

En este periodo recibió al autor de este escrito el padre Arrupe dura­nte veinte días (con el permiso del padre Dezza y de su coadjutor, Giuseppe Pittau, pero señalándole al mismo tiempo que no se hiciera notar mucho en Roma), para concederle la última larga entrevista de su vida, antes de que perdiera definitivamente el habla. Recorrimos palmo a palmo las peripecias de su trayectoria vital y me hizo preciosas declaraciones, que dejó a mi arbitrio y conciencia el darlas o no a conocer.

 

He aquí algunas muestras. Sobre la opción de los jesuitas por la justi­cia: “Sentí que comenzaba algo nuevo. Tenía una gran certeza inte­rior. No tenía la más mínima duda. Arrancaba una nueva era, un nuevo orden. ¡Qué cosa tan bonita!”. Le comenté que la opción por la justicia estaba presente en muchas de sus intervenciones y cartas. Que en el mismo Concilio ya habló sobre el diálogo con el mundo. “Sí, entonces algunos padres conciliares decían: ¡qué tontería! Pero yo me sentía libre. Sabía “es de Dios”. Ahora todos están de acuerdo”.

 

Sobre su forma de gobernar a los jesuitas, respetando la libertad de personas: “Yo no puedo mandar más que de una manera. No soy autoritario. Yo les explicaba y que ellos decidieran”(3).

 

Sobre los Papas: “Tuve una gran confianza con Pablo VI. Hablá­bamos de todo. Elegido Juan Pablo II, me recibió y me preguntó sobre la Compañía, pero de modo muy general. Ya estaba preocupado y tenía muchas dudas. Después de presentar la renuncia, me recibió dos veces. Pero conmigo habló poquísimo”. Es claro que el Papa venido del Este no podía comprender el diálogo con el marxismo o el apoyo de Arrupe a los movimientos relacionados con la Teología de la Liberación, además de la nueva inmersión secular de los jesuitas en puestos de frontera. En 1979 Giuseppe Pittau, hombre de confianza del Papa y que era su delfín para sustituir a Arrupe –también premiado después con el episcopado–, contó una vez que Juan Pablo II no podía soportar ni siquiera que se le citase el nombre de Arrupe en una conver­sación. “Se pone enseguida nervioso”, dijo. El propio padre Arrupe relató que sistemáticamente bajaba todos los domingos a la puerta de la curia de los jesuitas, en el barrio de Santo Spiritu, a saludar al Papa, que pasaba por allí en coche por la tarde para hacer su visita semanal a una parroquia romana. El Papa nunca le devolvió el saludo, quizá porque iba deprisa. El padre Ignacio Iglesias, asistente y hombre de confianza de Arrupe un día, después de uno de estos episodios, le comentó en el ascensor: “Padre, no debería usted bajar más”. Fue una de las pocas veces que se enfadó con él: “No baje usted, si quiere”, respondió.

 

En muchos momentos a Arrupe le sobrevenía el bajón psicológico de su enfermedad. Con medias palabras decía: “Yo ya no sirvo para nada; pobre hombre”. “Yo intentaba decir la verdad a cada persona francamente, según la veía delante de Dios. Veo todo claro. Veo un mundo nuevo. Sentía que me guiaba una luz. Hemos sufrido mucho”.

 

Y con su mano izquierda coge su mano derecha agarrotada para dar la bendición. El 2 de septiembre de aquel año de 1983, autorizada finalmente por el Papa, se reunía la Congregación General y elegía sucesor de Arrupe en la persona del padre Peter‑Hans Kolvenbach. Previamente, Arrupe había presentado su renuncia y había leído, por boca de un compañero, su testamento espiritual a la orden y su despedida ante la Congregación General, que le recibió en pie y con la más larga ovación que haya tenido nunca esta asamblea a un general de Compañía de Jesús. Era el primer general que presentaba su renuncia en vida.

 

Más tarde, el propio Juan Pablo II fue personalmente a visitarle tres veces a su lecho de enfermo. Las fotos muestran un Arrupe dulce y obsequioso frente a la mirada correcta pero distante del Papa. Otra foto muy anterior, durante una audiencia, dio la vuelta al mundo. Reflejaba sin lugar a dudas una mirada severísima de Wojtyla al general de los jesuitas. Severo Ochoa, premio Nobel y compañero de estudios de medicina –Arrupe le quitó el premio extraordinario–, a pesar de declararse agnóstico, le pidió un día su bendición de rodillas. Teresa de Calcuta y el hermano Roger de Taizé, junto a cardenales, obispos y gente sencilla de todas partes del mundo, acudieron también a su habitación de enfermo cuando aún podía expresarse torpemente. Una comunidad protestante hacía acto de presencia en su cuarto, encendían un cirio y entonaban cánticos religiosos. Todos coincidían en elogiar su sencillez y en insistir en que Arrupe era sobre todo “un amigo”.

 

A partir de entonces vivió una vida semiinconsciente en una pequeña habitación romana cerca de la curia generalicia, a dos pasos del Vaticano, este hombre apasionadamente seguido por las mayorías y criticado por las minorías hasta su muerte en 1991. Quizá su naturaleza fuerte y la extrema austeridad con que se trataba le mantenían con vida. Sus últimos proyectos fueron para los drogadictos y refugiados. Con un gran sentido del humor solía escuchar los chistes sobre sí mismo, como aquella frase malévola: “Un vasco fundó la Compañía de Jesús, y otro se está encargando de destruirla”. El teólogo Jon Sobri­no, en cambio, dijo de él que “había ayudado a la Compañía a ser un poco más de Jesús”.

 

La peripecia espiritual de esta figura singular de la Iglesia del siglo XX no es sólo impor­tante en la agitada historia de los jesuitas de los últimos años, sino también por su proyección en la vida religiosa postconciliar. Reelegido insis­tentemente presidente de la Unión de Superiores Mayores, fue el artífice de la puesta al día de los institutos de hombres y mujeres que han optado por la vida consagrada.

 

Es cierto que los religiosos sufrieron también el embate del desce­nso de vocaciones. Sólo los jesuitas perdieron más de diez mil miembros. Pero, como Arrupe decía, la crisis había que inscribirla en un cambio global, una transformación del mundo y una caída de los viejos valores que debía encontrar nuevos cauces en el shock que vivió el mundo en los años sesenta.

 

No obstante, y pese a todas las crisis, los religiosos, ligados a Dios a travé­s de los votos y realizando su vocación según el carisma de cada instit­uto, gozan a veces de gran libertad para la denuncia profética e incl­uso para la crítica interna de la Iglesia. Ajenos en su mayoría a la ambición de cargos o “hacer carrera” en la institución, preocuparon al Papa en su nueva línea de comunión unificadora de la Iglesia. En casi todos los movimientos de liberación y deseo de purificación de la institución eran religiosos muchos de sus líderes. Romero se convierte gracias a la muerte del padre Rutilio. El obispo Casaldáliga, Ellacuría y sus compañeros asesinados de El Salvador, la inmensa mayoría de teólogos de la liberación, los obispos más comprometidos del Brasil, ­un buen número de firmantes de los documentos europeos contra la involución. Es más, las medidas del cardenal Ratzinger se dirigen en buena parte hacia teólogos, periodistas, profesores y formadores religiosos.

 

Amén y aleluya

 

Pedro Arrupe Gondra no sólo fue un hombre santo de nuestro tiempo. Fue el pionero de la inculturación en la Iglesia; el líder de la adaptación de la vida religiosa después del Concilio; un puente cultural entre Oriente y Occidente; el padre espiritual de 47 mártires jesuitas en países del Tercer Mundo; un adelantado del diálogo con el mundo y las ideologías; un amigo de los refugiados y drogadictos; y, sobre todo, un enamorado de la figura de Jesús de Nazaret, que conjugó en su vida fidelidad y profecía. Detrás de su ingente actividad, que no cabe en muchas páginas, aleteaba la vida interior del hombre de oración y el hombre sencillo, que sabía regalar una tarta con velas a su secretaria el día de su cumpleaños y tratar a un súbdito como un amigo de toda la vida.

 

Si hubiera que sintetizar la vida de Arrupe en una anécdota, elegiría ésta: Cuando daba catequesis de adultos en Japón, un viejo japonés le miraba sin pestañear sin que durante seis meses dijera nunca nada. Arrupe, entonces, se atrevió un día a preguntarle: “¿Qué opina usted de mis explicaciones?”. El japonés respondió: “No puedo opinar porque no he oído nada. Soy sordo. Pero basta con mirarle a los ojos. Usted no miente. Lo que usted cree, eso creo yo”.

 

¿A dónde va la Compañía?, le preguntaban, y Arrupe respondía con sencillez desarmante: “A donde Dios la lleva”. Como sintetizaba el actual general P. Kolvenbach: “Confianza absoluta, gozosa en el Señor, esperanza ante el Crucificado cargado con su cruz terrible, que le rompió el cuerpo, pero nunca su ánimo”.

 

Mariano Ballester, S.J., que le ayudó en la logoterapia, ha desvelado que durante su enfermedad, cuando ya apenas hablaba, después de leerle algunos discursos de los que había pronunciado momentos antes de la hora de dormir, le oyó decir con su débil media lengua: “Para el presente, Amén; para el futuro, ¡Aleluya!”. Era la síntesis mística de toda una personalidad y de toda una vida, de un hombre de su tiempo y un hombre de Dios que es un paradigma para la acción. Hoy sus intuiciones proféticas sobre el diálogo, la solidaridad internacional, la lucha por la justicia y los derechos humanos, son realidades admitidas. Murió convencido de que la fe no puede entenderse sin un compromiso por la liberación de los últimos y marginados de este mundo injusto. El mejor homenaje a su figura es continuar trabajando por la justicia, la paz y el desarrollo de los pueblos más olvidados y oprimidos.

 

 

1- P. M. Lamet, Pedro Arrupe, una explosión en la Iglesia. El perfil humano de un general de los jesuitas, Madrid, 1989 y Arrupe, un profeta para el siglo XXI, Madrid, 2002.

 

2- El padre O’Keefe ha revelado que el autor de este discurso tan crítico era de un jesuita, el padre Paolo Dezza, representante del ala conservadora y que sería luego nombrado delegado del Papa en la Compañía.

 

3- La biografia oficiosa de Juan Pablo II original de G. Weigel, Testigo de la esperanza cita como razones de ésta intervenciones en política, la de Fernando Cardenal en el gobierno nicaragüense (fue separado de la Compañía y reintegrado una vez dejó de ser ministro); o de Robert Drinan, diputado por Massachusetts, políticamente proabortista; la crítica a decisiones jerárquicas; la reducción del número de jesuitas (un fenómeno común con otras órdenes religiosas y el clero secular). (G. Weigel, págs. 574-575).