QUINTO CENTENARIO del NACIMIENTO
del P. JERÓNIMO NADAL MOREY

Juan Nadal Cañellas, S.J.



Al P. Jerónimo Nadal, nacido en Mallorca el 11 de agosto de 1507, se le ha llamado cofundador de la Compañía de Jesús por la labor que realizó en los comienzos de la Orden, gracias a la confianza que depositó en él Ignacio de Loyola quien, además de entregarle las Constituciones para que añadiese o cambiase lo que le pareciese, le envió a promulgarlas a todas las casas jesuíticas de Europa.
De hecho, Jerónimo Nadal conoció y trató personalmente a todos y cada uno de los miembros que ingresaron en la Compañía desde su fundación, en 1540, hasta 1573, año en que, considerándose ya anciano, se dedicó a escribir unas meditaciones evangélicas que, sin él sospecharlo, iban a aumentar aún más su fama y su influencia en la cristiandad.
En los tres viajes que le llevaron a recorrer toda Europa como Vicario General de la Compañía, Jerónimo Nadal expuso la Carta Magna de la Orden según la mentalidad de Ignacio de Loyola, de modo que sus conferencias y pláticas constituyen la interpretación auténtica del espíritu que el fundador quiso imprimir a su obra. De hecho, el P. Polanco, secretario de la Compañía, escribía en 1553 al P. Miró, entonces provincial de Portugal, a propósito de Nadal, que "éste conoce muy bien a nuestro Padre Ignacio, por haber tratado largamente con él. Yo creo que ha comprendido y penetrado el Instituto de la Compañía mejor que ningún otro en la Compañía". A su vez, Ignacio escribía a los jesuitas de la península Ibérica que debían obedecer a Nadal como lo harían a él mismo.
A pesar de la importancia que el P. Jerónimo tuvo en la naciente Compañía de Jesús, no había formado parte del grupo de fundadores que desde el primer momento se unieron a Ignacio en París.


Jerónimo Nadal les había conocido y tratado a todos durante sus estudios en la Sorbona, e incluso había sido objeto de una auténtica persecución por su parte, especialmente por parte de Ignacio, para que se uniese a ellos. Jerónimo rehusó hacerlo entonces, enfrentándose incluso a éste último y exigiéndole que le dejase en paz. Temía que las nuevas ideas que propagaban no fuesen finalmente a dar con ellos en las cárceles de la Inquisición, existiendo ya precedentes de esto durante la permanencia de Ignacio en Alcalá, en Salamanca e incluso en el mismo París.
Jerónimo Nadal, acabada azarosamente, en 1537, su estancia en Francia, donde estuvo a punto de ser colgado por el preboste de Aviñón por haber controvertido la orden de Francisco I de que los españoles saliesen de sus dominios (Carlos V acababa de declararle la guerra por su alianza con los turcos contra España), regresó finalmente a Mallorca.
En su isla natal fue recibido con todos los honores por el clero y por la sociedad. Obtuvo inmediatamente varios beneficios eclesiásticos que le proporcionaban cuantiosas entradas, de las que, por lo demás, no tenía necesidad, ya que pertenecía a una familia pudiente y era el heredero universal de su padre, fallecido cuando él tenía sólo trece años.
Los años que pasó en Mallorca estuvieron sembrados de decepciones y contrariedades que eran más subjetivas que reales. Hasta tal punto que un amigo le dijo un día: "¿Por qué, hallándote en una situación en la que nada te falta, estás siempre triste y melancólico?" A lo que Nadal respondió: "Lo sé muy bien y me admiro yo aún más; pero si tú o algún otro podéis explicarme la causa de mi abatimiento, colmaréis mi más ardiente deseo y me haréis el mejor bien que pueda yo recibir."


Detalle de las Evangelicae Historiae Images de Jerónimo Nadal

Los amigos de Jerónimo hacían todo lo posible por sacarle de su incomprensible depresión. El Gran Inquisidor del Reino le nombró Consejero del Santo Oficio, cuando Carlos V llegó a Mallorca, el 13 de octubre de 1541, camino de su segunda campaña norteafricana contra los turcos, Jerónimo fue nombrado capellán del emperador, el cabildo catedralicio le designó Sacræ paginæ professor (profesor de Sagrada Escritura)...
Nada de esto hacía desvanecer su postración. Estados de congoja vital como el que atormentaba a Jerónimo Nadal no son infrecuentes. Para no citar más que un ejemplo eximio, San Agustín pasó por un trance semejante:
"Arrastraba conmigo mi alma herida y sangrante –escribe en las Confesiones–, que sufría de ser llevada por mí, y yo no sabía dónde hacerla reposar. No en los bosques amenos, no en los espectáculos y en los cantos, no en los jardines perfumados o en los espléndidos banquetes, no en los placeres o en el descanso del lecho, ni, finalmente, encontraba paz en los libros y en la poesía. Todo me hacía horror, incluso la luz misma." Y dice: "Preguntaba a mi alma por qué estaba triste y por qué me angustiaba tanto, y no sabía qué responderme."
En tales situaciones, la solución definitiva es siempre la misma: dar un sentido a la vida. Nadal, al principio, no cayó en la cuenta: "Aunque se lamentasen de mí, tanto yo mismo como los demás, siempre he creído que mi vocación tuvo inicio en París y que mi maldad la rechazó." Lo comprendió más tarde, lo mismo que lo había comprendido en su día Agustín: "Mi ánimo fluctuaba. Buscaba la paz, pero ésta se alejaba de mí, porque yo me había alejado de Dios cuando me llamaba. Y, sin embargo, mi Dios me volvía a llamar con suaves y clementes subterfugios." 

La llamada de Dios a Jerónimo Nadal llegó encerrada en una carta que su amigo, el virrey de Mallorca, Don Felipe de Cervelló, que conocía las relaciones que Nadal había tenido con Ignacio de Loyola y sus compañeros en París, tuvo la buena ocurrencia de comunicarle. La había recibido del embajador de Carlos V en Roma, Don Juan de Vega, y aneja a ella se hallaba otra carta muy extensa que Francisco Javier había mandado, el 15 de enero de 1544, desde Conchín, a sus compañeros de Orden. En ésta, Javier, además de dar detalladamente cuenta de sus métodos misioneros y del inmenso fruto de conversiones que estaba cosechando, escribía al final:
"Entre las muchas mercedes, que Dios nuestro Señor en esta vida me tiene hechas y haze todos los días, es esta una, que en mis días vi lo que tanto deseé, que es la confirmación de nuestra regla y modo de vivir. Gracias sean dadas á Dios nuestro Señor para siempre, pues tuvo por bien manifestar públicamente lo que en oculto solamente á su siervo Ignacio y Padre nuestro dio á sentir."


Detalle de las Evangelicae Historiae Images de Jerónimo Nadal
Estas líneas de su antiguo amigo y compañero no dejaron indiferente a Jerónimo Nadal. Inmediatamente le volvieron a la mente, "casi como si despertase de un larguísimo sueño", escribe, "Ignacio y todo lo que con Ignacio había pasado, y sentí una conmoción enorme. Dando un puñetazo en la mesa, exclamé: ‘Esto va de veras’, enlazando las últimas palabras que, en París, había dicho a Ignacio con la situación actual y con la confirmación de la Iglesia".
Jerónimo vio enseguida claro que, para adelante, su puesto estaba en Roma. Ingresó oficialmente en la Compañía el 29 de noviembre de 1545, recibido por Ignacio con extraordinarias muestras de alegría y afecto. Muy pronto empezó éste a confiarle encargos de responsabilidad con la intención de formarle en el gobierno de la Orden, al mismo tiempo que le hacía, tal vez como a ningún otro, partícipe de sus confidencias. Fue gracias al insistente requerimiento de Nadal que Ignacio se avino a dictar su autobiografía al P. Luis Gonçalves, quien, al final de aquella narración, escribe que el P. Ignacio le dijo sólo estas palabras: ‘El resto lo sabe maestro Nadal’.


Detalle de las Evangelicae Historiae Images de Jerónimo Nadal

Sería prolijo recorrer con Jerónimo Nadal los caminos de Europa promulgando las Constituciones, fundando colegios y universidades, deshaciendo entuertos, fruto de malentendidos, como el que se originó con Felipe II cuando su hermana, Juana de Austria, siendo regente de España por ausencia de Felipe en Inglaterra donde había ido a contraer matrimonio con su tía María Tudor, ingresó en la Compañía de Jesús bajo la dirección de Francisco de Borja (Juana de Austria, después del intento fallido de Isabel Ferrer, ha sido la única mujer que, hecha la profesión religiosa, murió siendo jesuita), o producidos por la terquedad o el celo mal entendido de algunos miembros de la Orden, hombres al fin y al cabo y como tales con sus virtudes y defectos.
Jerónimo Nadal en todos los casos dio muestras de tal virtud y de tanta humildad y prudencia que le hacen digno de ser contado entre los santos de la Compañía. De hecho, Mons. Pascual, obispo de Menorca, empezó hacia 1929, las diligencias para su proceso de beatificación.
Se ha aludido antes a las meditaciones que escribió el P. Nadal al final de su vida. Siguiendo una insinuación de San Ignacio que hasta entonces no había podido poner en práctica, quiso que éstas fueran acompañadas de imágenes que sirvieran para plasmar la invención tan ignaciana de la "composición de lugar".
Las 153 estampas que ilustran las meditaciones fueron grabadas finalmente en Amberes por los hermanos Wierix y constituyen la obra cumbre del grabado flamenco del s. XVI. Se las conoce con el nombre de Biblia Natalis. En estos grabados se inspiró el conocido tratado de pintura del pintor Francisco de Pacheco, suegro de Velázquez, para quien Nadal, además de canon estético, era garantía de exactitud escriturística y de autoridad doctrinal. Estas mismas estampas fueron también fuente de inspiración de pintores de la talla de Zurbarán, del autor anónimo del ciclo de pinturas del eremitorio de l’Avellà, en Catí, Castellón, de Francisco Ribalta y, fuera de España, incluso de Rembtandt, entre muchos otros que podrían citarse. Pero la mayor influencia que ejercieron hay que buscarla, por la extensión de su influjo, en las tierras de misión.



Lámina 2 de las Evangelicae Historiae Imagines de Jerónimo Nadal: La Visitación.
Se las encuentra reproducidas desde Japón, pasando por China y Persia, hasta los Andes. Curiosamente Japón y China las copiaron con el método de la xilografía orientalizando los personajes.
Jerónimo Nadal murió en Roma, en el noviciado de San Andrés del Quirinal, el domingo de Pascua, 3 de abril, de 1580. Tenía setenta y tres años, de los cuales treinta y seis los había vivido en la Compañía de Jesús, casi exactamente la mitad de su vida. Fue enterrado en la cripta de la iglesia del noviciado.


Cúpula de la iglesia de San Andrés del Quirinal, bajo la cual reposan los restos de Jerónimo Nadal.

Setenta años más tarde el cardenal Camilo Panfilij, sobrino de Inocencio X, quiso hacer un regalo regio a los jesuitas y encargó a Gian Lorenzo Bernini, en 1658, la substitución de la vieja iglesia por una obra digna de su arte. El genial maestro no le defraudó. San Andrea del Quirinal es, sin duda alguna, la obra maestra de Bernini. Pero las obras comportaron la reestructuración de la cripta, y las sepulturas de los padres insignes de la primitiva Compañía fueron suprimidas, reuniendo todos los restos en un único acerbo situado bajo el altar mayor, que subsiste de este modo aún en nuestros días.

Allí están los despojos de Jerónimo Nadal Morey, unidos y confusos con los de la restante Compañía de Jesús, en la que él encontró su razón de vida, y a la que con pasión entregó su cuerpo y su alma.


Juan Nadal Cañellas, S.J.