ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PERIÓDICO "EL DÍA DEL MUNDO" (Baleares) DE FECHA 24 DE NOVIEMBRE DE 2.002

 

Autor: D. ROMÁN PIÑA HOMS, Catedrático de la Universidad de les Illes Balears y Antiguo Alumno del Colegio, Promoción de enero de 1.954.

 

 

EL DíA DEL MUNDO-EDICIóN BALEARES

 

DOMINGO 24-11-2002

EL TELESCOPIO


Una buena noticia: Montesión renace

ROMAN PIÑA HOMS

Como muchos otros antiguos alumnos del colegio Montesión en la actualidad alrededor de 6.500- recibí días pasados del presidente de la asociación que nos reúne Bernardo Obrador una amable carta, hablándome del relanzamiento de la entidad por su nueva junta directiva, que en pocos meses ha triplicado el número de socios, ofreciendo, además del dinamismo de sus nuevos dirigentes, un excelente proyecto de futuro, con actividades llamadas a dar cohesión al grupo y a reafirmar -dice textualmente su boletín informativo- «unos valores comunes, un sentido de la vida e incluso un talante personal que hemos adquirido como bagaje de haber sido educados en este Colegio».

Me parece sintomática y muy importante la iniciativa. Veamos por qué. La asociación se fundó hace algo más de veinte años. Recuerdo perfectamente aquellos días, reunidos una treintena de ex alumnos en Son Bono con aquel jesuita inolvidable para todos los sesentones de la asociación, que fue Federico Serra. El dinámico jesuita abandonó poco después la Isla con cierta congoja, constatando el escaso entusiasmo que mostrábamos hacia el proyecto. Comenzaban los años ochenta. Muchos ponían en duda incluso el «sentido de la vida» que se nos había inculcado en los años de colegio, y, lo que es peor, no pocos jesuitas daban por sentado que la actividad educadora de la Compañía de Jesús debía pasar al baúl de los recuerdos. No exagero. Es tan cierto, que cuando el reconocido historiador Miquel Batllori, hará dos años, estuvo en Montesión para recoger un galardón de la Asociación de Antiguos Alumnos, nos recordó lo erróneo de esta actitud, pues en los colegios, según san Ignacio de Loyola, debía estar el núcleo de la actividad apostólica de la Compañía.

Hoy todos estos recelos; digamos que esta falta de confianza que se llegó a tener en la propia función, parecen cosa superada. Lo está por los propios jesuitas, pero sobre todo puedo asegurar que lo está por los mismos ex alumnos de sus centros, al menos por aquellos que los abandonamos hará más de treinta años. Hoy ya ninguno ridiculiza o pone en tela de juicio lo esencial de la educación recibida años atrás. Podrán criticarse ciertos métodos, pero pocos renegamos, ni de las firmes convicciones religiosas recibidas, ni de los niveles de exigencia personal impuestos, a veces, todo sea dicho, con excesiva dureza. Y es que a la vista están los frutos de la permisividad de los nuevos sistemas educativos ensayados en nuestras posteriores generaciones, que conforman esta áurea mediocritas que invade todos los ambientes, bien sea el familiar, el educativo, el laboral o el del esparcimiento.

La experiencia jesuítica en el campo educativo, para toda persona enterada constituye un fenómeno histórico relevante, y de esto tenemos que ser muy conscientes los mallorquines, puesto que en la actualidad, el Colegio de Montesión, creado en Palma el año 1561, es el colegio de la Compañía de Jesús más antiguo del mundo de entre los que continúan en funcionamiento. Los colegios de jesuitas, impulsados directamente por san Ignacio, aunque la Compañía no surgiese como Orden religiosa docente, nacieron del convencimiento por parte del fundador, de la trascendental importancia que podía tener la enseñanza en la transformación de la sociedad. En el siglo XVII todas las ciudades importantes del mundo llegaron a poseer algún colegio jesuítico, de tal modo que casi alcanzaron el monopolio de la enseñanza media y primaria. De ahí, nos dirá García-Villoslada, «el origen de muchas rivalidades, envidias y conjuras contra ellos». En 1645, casi cien años después de la fundación de su colegio de Palma, disponían ya de 518 repartidos entre Europa y América. El primero, que no fue el de Palma, sino el de Messina, lo fundó un mallorquín, el padre Jerónimo Nadal, compañero de san Ignacio, y fue este mismo jesuita -mallorquín universal- estudiante de París y Alcalá, el que codificaría el sistema de instrucciones pedagógicas de los colegios de la Compañía -la ratio studiorum- que iba a permitir dar el sello a estos centros, fundados en las Humanidades más que en las ciencias físicas y positivas, y en los que se insistiría no solo en el saber, sino también en el «servicio» a Dios y a la sociedad, tan propio del «amor activo» ignaciano. Cuando años pasados, me permití entrar en el estudio de la Universidades españolas del siglo XVII y en las causas de su decadencia, me encontré con el testimonio de un gran historiador británico -Richard Kagan- que, al encarar el estudio de las caducas universidades españolas del 1600, nos aporta estas expresivas consideraciones: «En cualquier caso, la proliferación de colegios jesuitas a finales del siglo XVI e inicios del XVII y el rápido ascenso del número de matriculados en ellos, sugieren que la Compañía de Jesús respondió a una demanda popular de formación universitaria en gramática, artes y teología, al tiempo que proporcionó un hogar permanente a estas relegadas materias. Estos colegios actuaron no sólo como alternativas a las universidades, sino también como organismos complementarios que ayudaron a educar a miles de jóvenes».

De ahí, por consiguiente, la buena noticia de hoy, que sin duda lo es para varios miles de ex alumnos de este colegio de multisecular andadura, pero que también lo es para el conjunto de la sociedad insular, porque a su amparo podemos constatar no pocas cosas esperanzadoras. Yo diría, en primer lugar, que un nuevo clima social, que se perfila en el creciente rechazo de la amodorrante ola de mediocridad ambiental que nos rodea, y en segundo lugar, precisamente al socaire de este nuevo clima, el inusitado fenómeno de que muchos hombres y mujeres educados «a la antigua», estemos ya de vuelta, abandonando nuestras poltronas, para ser capaces de lanzarnos a un hasta hoy desconocido activismo, que esperamos conduzca a la promoción de valores supuestamente periclitados, pero que hoy, a la vista del resultado de sus alternativas, no parece que lo fueran tanto. Se nos pudo hacer «reprimidos», calificativo muy al gusto de los nuevos predicadores de los años setenta. Se nos pudo inducir al individualismo. Pero de aquello a lo de «incontinentes» o de «horteras» del presente, ni hablar. Para este viaje no hacían falta alforjas. La «apasionante» sociedad mallorquina de nuestros días, seguro que de aquí a pocos años lo agradecerá.