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FIESTA EN MONTESIÓN: CINCUENTA AÑOS DESPUÉS El Día del Mundo, Domingo 15 de febrero de 2.004 EL TELESCOPIO Román Piña Homs El próximo jueves los antiguos alumnos
del Colegio de Montesión celebraremos nuestra fiesta anual. Este año para mí y
para un centenar de compañeros, el acontecimiento tendrá un especial
significado, puesto que recordaremos que dejamos hace cincuenta años aquellos
que llamábamos los «tutelares muros», para incorporarnos al «mundanal ruido»,
en donde, como decía Luís de Coloma en Pequeñeces, «hay áspides
de mortal veneno» y «hombres sin fe y de corazón ruín
secan el manantial de sus amores y a su Dios y a su patria son traidores». Yo no podré estar en la fiesta por motivos profesionales
ineludibles, pero estoy seguro de que cuantos antiguos alumnos hayamos llegado
al cincuentenario, recordaremos con afecto entrañable Yo diría, en línea con la pedagogía ignaciana y también, por qué
negarlo, con las angustias, estrecheces y experiencia de una post-guerra civil,
de la que si no protagonistas, desde luego éramos hijos y herederos, que todos
cuantos nos formamos durante aquellos años asumimos la vida como milicia. Se
nos recordó día a día, que había que edificar nuestras vidas desde la
dialéctica entre el bien y el mal; entre lo que era pura biología e instintos y
aquello otro que significaba superación de nosotros mismos, en base a alcanzar
virtudes como la solidaridad, la sobriedad de vida y el estímulo intelectual, y
naturalmente desde la conciencia de seres creados por Dios, que solo en Él
estábamos llamados a la plena felicidad. No es el momento de discutir sobre
ello. Simplemente de constatar que era «lo que se nos servía». En esto
estaremos todos conformes. Pero más aún. Se nos formaba sin agresividad, pese
al uniformismo de En cualquier caso nos impactaba a todos el testimonio de entrega
de quienes nos educaban y desde luego su buen hacer intelectual. Incluso un
hombre de pocas letras -en su vida civil había sido maestro armero del
ejército- como el famoso hermano Jaime Cifre, con un sentido
común y un corazón inmensos, me dió en su día toda
una lección, al impedirme que a mis dieciséis años, exaltado de patriotismo,
aprovechase la convivencia de las aulas para repartir octavillas pidiendo
«Gibraltar español». Pasados los años se lo recordaría agradecido. Había sabido
hacerme pensar. Tampoco buscaban los curas - Pilar, su hijo será un ángel, pero un ángel gandul- Otro personaje inolvidable de aquellos años, sería el también
jesuita José Cañigueral. Era nuestro profesor
de ciencias naturales. Por entonces, con prestigio científico más que
acreditado, no dudaba en «perder el tiempo» con nosotros, haciendo excursiones
inolvidables, por su carácter formativo, sin dejar de ser lúdico en momento
alguno. Seguramente influido por esto de los fósiles y de la paleontología, se
me ocurrió investigar y superar a Darwin. Se disparó la alarma -los
jesuitas siempre andaban enterados de todo- y el rector Narcís
Anglada, religioso de talla más que
sobresaliente, me llamó a su despacho. -!Hombre, Román! Yo comprendo tu inquietud.
Nada tiene de malo. ¿Pero no sería mejor que antes tratases de superar tus
suspensos en química y matemáticas?- Dejé estar el asunto por el momento,
pero pensé, como pensábamos todos por aquellos años, y más que nada pensamos
hoy en la distancia, que me encontraba entre una legión de hombres buenos e
inteligentes, que deseaban lo mejor para nosotros. Podría recordar más nombres
de jesuítas ilustres, como el de José Solé, nuestro profesor de Filosofía, que nos hizo
amarla, después de haber conseguido que |