FIESTA EN MONTESIÓN: CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

 

El Día del Mundo, Domingo 15 de febrero de 2.004

 

EL TELESCOPIO

 

Román Piña Homs

El próximo jueves los antiguos alumnos del Colegio de Montesión celebraremos nuestra fiesta anual. Este año para mí y para un centenar de compañeros, el acontecimiento tendrá un especial significado, puesto que recordaremos que dejamos hace cincuenta años aquellos que llamábamos los «tutelares muros», para incorporarnos al «mundanal ruido», en donde, como decía Luís de Coloma en Pequeñeces, «hay áspides de mortal veneno» y «hombres sin fe y de corazón ruín secan el manantial de sus amores y a su Dios y a su patria son traidores».

Yo no podré estar en la fiesta por motivos profesionales ineludibles, pero estoy seguro de que cuantos antiguos alumnos hayamos llegado al cincuentenario, recordaremos con afecto entrañable la efemérides. Y es que para cualquiera de nosotros, no solo se trata de recordar nuestra infancia y adolescencia, sino además de constatar el peso de aquel sistema de valores que ha marcado toda nuestra vida, con mayor o menor fuerza. Y por esto, porque se trata de reflexionar sobre valores desgraciadamente periclitados, pero que marcaron a generaciones aún hoy con vida, vale la pena llevar el acontecimiento a estas páginas de nuestra prensa diaria.

Yo diría, en línea con la pedagogía ignaciana y también, por qué negarlo, con las angustias, estrecheces y experiencia de una post-guerra civil, de la que si no protagonistas, desde luego éramos hijos y herederos, que todos cuantos nos formamos durante aquellos años asumimos la vida como milicia. Se nos recordó día a día, que había que edificar nuestras vidas desde la dialéctica entre el bien y el mal; entre lo que era pura biología e instintos y aquello otro que significaba superación de nosotros mismos, en base a alcanzar virtudes como la solidaridad, la sobriedad de vida y el estímulo intelectual, y naturalmente desde la conciencia de seres creados por Dios, que solo en Él estábamos llamados a la plena felicidad. No es el momento de discutir sobre ello. Simplemente de constatar que era «lo que se nos servía». En esto estaremos todos conformes. Pero más aún. Se nos formaba sin agresividad, pese al uniformismo de la época. Recuerdo que en mi curso -que era de lo más variopinto- si bien unos eran profundamente religiosos, con prácticas de piedad muy regladas, como congregantes marianos, otros permanecían en la distancia, marcados posiblemente por la impronta de familias, digamos especialmente «liberales», que deseaban la más exigente educación para sus hijos, pero alejada de lo que podrían considerar «comecocos» religioso, o al contrario, porque ellos mismos, los alumnos, pasaban de los curas, hartos precisamente de la excesiva presión moral y religiosa de sus propias familias.

En cualquier caso nos impactaba a todos el testimonio de entrega de quienes nos educaban y desde luego su buen hacer intelectual. Incluso un hombre de pocas letras -en su vida civil había sido maestro armero del ejército- como el famoso hermano Jaime Cifre, con un sentido común y un corazón inmensos, me dió en su día toda una lección, al impedirme que a mis dieciséis años, exaltado de patriotismo, aprovechase la convivencia de las aulas para repartir octavillas pidiendo «Gibraltar español». Pasados los años se lo recordaría agradecido. Había sabido hacerme pensar. Tampoco buscaban los curas la mojigatería. Sabían que ante todo hacían hombres. Una tarde en casa, mi madre se quejaba ante el padre Pedro Blanco, un excelente historiador, maestro de Miquel Batllori y al que debo en gran parte mi vocación profesional, de cómo era posible que yo, tan buen niño y rezador -un ángel, decía mi madre- no sacara mejores notas. Nuestro querido padre Blanco, le replicó de inmediato:

- Pilar, su hijo será un ángel, pero un ángel gandul-

Otro personaje inolvidable de aquellos años, sería el también jesuita José Cañigueral. Era nuestro profesor de ciencias naturales. Por entonces, con prestigio científico más que acreditado, no dudaba en «perder el tiempo» con nosotros, haciendo excursiones inolvidables, por su carácter formativo, sin dejar de ser lúdico en momento alguno. Seguramente influido por esto de los fósiles y de la paleontología, se me ocurrió investigar y superar a Darwin. Se disparó la alarma -los jesuitas siempre andaban enterados de todo- y el rector Narcís Anglada, religioso de talla más que sobresaliente, me llamó a su despacho.

-!Hombre, Román! Yo comprendo tu inquietud. Nada tiene de malo. ¿Pero no sería mejor que antes tratases de superar tus suspensos en química y matemáticas?-

Dejé estar el asunto por el momento, pero pensé, como pensábamos todos por aquellos años, y más que nada pensamos hoy en la distancia, que me encontraba entre una legión de hombres buenos e inteligentes, que deseaban lo mejor para nosotros. Podría recordar más nombres de jesuítas ilustres, como el de José Solé, nuestro profesor de Filosofía, que nos hizo amarla, después de haber conseguido que la entendiésemos. Dudo que haya existido gente más privilegiada que nosotros, capaz de beneficiarse de una nómina de docentes como los que tuvo el Montesión de los años cincuenta, completada por profesores seglares como el riguroso Miguel Ferrer o el siempre ocurrente Bartomeu Payeras, profesor de Literatura, que me proporcionaba la lectura a escondidas de Miguel de Unamuno, una de las bestias negras de los jesuítas de aquellos tiempos. Y hoy más que nunca vale la pena tener en cuenta tales cosas, viviendo como vivimos una tremenda crisis educativa. Nuestra generación, como nos lo ha recordado estos días el premio nobel y nuevo doctor honoris causae de nuestra alma mater mallorquina, Jean Dausset, ha sobrevivido a más de una revolución -las del petróleo, del plástico, del átomo y de la electrónica- y con ello se ha beneficiado de logros inimaginables en el campo tecnológico, pero está hoy más que nunca sometida al reto de saber legar a la posteridad un mundo más humano; un mundo, hecho de valores permanentes, camino de las estrellas, pero al que desgraciadamente venimos renunciando desde la zafiedad y la bobaliconería dominante.