Confidencias

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Queremos compartir con todos vosotros el artículo que ha escrito Norberto Alcover para Diario de Mallorca.

 

Diez días de encierro.Unos días de absoluta quietud. Pocas palabras y pocos gestos. La habitación y el despacho son el mundo. Telefonazos mínimos. Lectura apasionada de la prensa escrita, siempre en papel. Largos ratos en la capilla de la comunidad. El dolor del mundo. La angustia de las personas. Los ancianos y las ancianas marginales. Médicos, enfermeras, celadores, empleadas de la limpieza, por supuesto, pero también amas de casa todoterreno y padres un tanto desconcertados, abuelos y abuelas sustitutos, militares, fuerzas de seguridad, farmacéuticos, empleados de supermercados, voluntarios y voluntarias desinteresados, sacerdotes que arriesgan, monjas siempre en claroscuro y siempre valientes, niños y jóvenes inquietos, universitarios congelados, personas en depresión, tensiones acumuladas, encontronazos en familia, amores inesperados, perros entristecidos, calles vacías, aplausos fraternales, rezos silenciosos, moribundos, expectantes, solitarios, resucitados vivientes, celebración de la eucaristía en soledad, íntima, recatada, sin prisas, auténticos encuentros con aquel que, en definitiva, nos salva de lo peor, de la desesperanza.

Una experiencia radical: creo en tí? A pesar de todo, que es mucho. Esa televisión que ayuda en su mezcolanza de versiones y de opiniones. Humores politizados. Discursos serenos pero también demagógicos. Palabras que se las lleva el viento, pronunciadas en la estela del poder omnímodo. Sustitución de la política por la ciencia. Huída hacia delante. Tanta bondad oculta y que ahora se manifiesta. Tanta vulgaridad en aumento. Ciudades vacías. Palma vacía. Permanece la catedral, signo de unidad en la pluralidad. El claustro de Montesión por el que paseo una tarde y otra y otra.

Releo los documentos del Vaticano II y no menos de nuestra Constitución, y por supuesto El pequeño príncipe y a Maquiavelo, Yeats, Imitación de Cristo, poemarios personales siempre ocultos, En la ciudad sumergida de José Carlos Llop, salmos eternos, Biografía del silencio de D’Ors, sobretodo, casi como libro de cabecera, Memorias y esperanzas españolas, del maestro Aranguren, escrito en 1969. Y cada noche, una de esas películas casi eternas: La palabra, de DreyerGatopardo, de ViscontiElisa, vida mía, de SauraEl espíritu de la Colmena, de Víctor EriceUmberto D, de Vittorio de Sica, y que no falte nunca Con faldas y a lo loco, de Wilder, entre tantas otras. Y ratos de escritura sobretodo poemas desde el dolor pero también desde la esperanza, esa vida oculta jamás editada. Gloriosa cárcel en que encierro mis días porque un maldito virus lo ha decidido.

 

Lloro con quienes sufren. Espero con quienes trabajan en el límite. Me siento parte de una nación que canta en sus balcones. Experimento la mochila que la vida y y mismo he ido elaborando a lo largo de los tiempos. Recuerdos. Pasiones. Fracasos. Esperanzas. Derrotas. Dios siempre presente, sobretodo en la tempestad. La Iglesia que me compadece en el dolor y esa voz telefónica que con frecuencia me repite “Nunca olvidaré tus clases de cine”. Una voz que durante tantos años ha permanecido callada y que solamente ahora, ahora mismo, en la distancia enorme recupero. Se llama Elena, camina hacia los cuarenta, vive en Toronto, tiene tres hijos varones, y su marido se llama Paul, escocés. Cuando escucho a Elena, tan llena de gratitud y de memoria, el vaciamiento me estalla en canciones de alegría, porque, precisamente en estos momentos, intuyo que haber vivido de cara a los demás ha valido la pena.

 

Y de pronto, me llega la noticia que me produce escalofríos: Solidarios Montesión, la excelente obra de inspiración ignaciana comandada por Blai Vidal y secundada por ex alumnos de varios colegios y jóvenes de toda clase, hombres y mujeres, permanece en su tarea de proporcionar alimento, asesoría legal y protección de la infancia en estos momentos de visible e invisible solidaridad/caridad. Tienen claro que el amor o es de obras o sirve para muy poco. El verdadero amor es samaritano, compasivo, cercano, y hasta tierno si necesario fuera. Mi encerramiento se soporta, sobre todo, porque descubro noticias de humanidad y de una fe que mueve montañas. Mi soledad está llena de esa melodía que rompe el silencio y lo convierte en gritos de gratitud y admiración. Tienen que sentirse muy satisfechos solidarios Montesión de ser los que son y como son. Me llenan el alma. Igual que me llena el alma Caritas y tantas otras intervenciones eclesiales.

 

Diez días de encierro. Pocas palabras y pocos gestos. La habitación y el despacho y la capilla son mi mundo, el mundo. He escrito estas líneas para compartir con ustedes tales jornadas y para animarles a todos en el camino de la esperanza. Estamos rodeados de tanta generosidad y de algunas mezquindades. Acabo de redactar estas líneas, y les doy las gracias por este rato tan cercano y sincero. Piensen. Redescubren . Obedezcan. Amen, en fin. Hasta luego.

 

 

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