A propósito de ‘Johnny Guitar’

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Por Jaime Llabrés Carbonell

Aborrezco los excesos, pero los hay que, nacidos más de la pasión que de una afición o un trabajo, ha pasado a formar parte de su vida, no sólo me resultan tolerables sino que me fascinan. Godard, enfant terrible de la crítica cinematográfica e inclasificable director dijo: “el cine es Ray” y J. Wagner añadió refiriéndose a J. Guitar: “Es la película más hermosa del mundo gracias a sus imperfecciones”, lo cual no deja de ser cierto porque lo he experimentado en novelas como “Cumbres borrascosas”. He vuelto a ver la película y la lectura ha sido muy diferente a la que hice cuando la vi a los 14 o 15 años por primera vez en una de aquellas innegables sesiones continuas que me permitían entrar en el cine a cualquier hora. Cualquier momento era bueno para ver una película, con el único deseo de adentrarme en el cine, como otros muchos de mi generación, para “ver más claro”.

Mi memoria guarda de aquella etapa en un lugar privilegiado: instantes (todos los que me permitían apartarme de la realidad); frases (la despedida entre los protagonistas de “Murieron con las botas puestas”); miradas (las de Virginia Mayo en “Juntos hasta la muerte”); duelos (la secuencia final de “Raíces profundas”) y paisajes (todos los de A. Mann). Ejemplos de planos y secuencias de films del Oeste entre los que no hay ninguna referencia a “J. Guitar”. Supongo que se debe a que mi concepto del western en aquella época, estaba a años luz de la propuesta de N. Ray. Mis westerns, aunque ya habían sobrepasado las pelis de indios y vaqueros, eran los paisajes, duelos, caravanas asediadas por los indios y personajes que se presumían auténticos perdedores-redentores, condenados a seguir vagando.

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Hoy, casi después de sesenta años de mi primera visión, el film aún con sus imperfecciones me ha gustado más que antes y por otras razones. Los “buenos”,vestidos de negro, la culpable vestida de blanco, hombres en la cocina, mujeres con pistolas dirimiendo el duelo final…no son lo habitual en el western, aunque sí lo son: el forajido que enterró sus armas, el sheriff incapaz de controlar la violencia irracional de una comunidad, el tren como símbolo del progreso, el adolescente en pleno aprendizaje, y el refugio en la montaña. “Johnny Guitar” se construye sobre la subversión del género. Hace falta haber visto muchas películas del oeste para apreciarla en su justa medida. En unos pocos minutos como es habitual en el clásico americano y con unas breves pinceladas, N. Ray nos descubre las claves que van a poner en marcha un poderoso drama que se va a desarrollar en un corto espacio de tiempo y que constituye uno de los films más atípicos de la historia del género a pesar de sus dos tópicos iniciales:  la construcción del ferrocarril y el asalto a una diligencia.

“J. Guitar”, nombre masculino para el título de una historia cuyo protagonista y centro es una mujer, en la que el pistolero no hace nada en todo el film salvo asustar a un joven jactancioso y salvar (a escondidas) a la protagonista de un linchamiento. La protagonista es aquí una mujer, hecho insólito en el western con algunas excepciones (“Encubridora” de F. Lang) o “Caravana de mujeres” de W. Wellman. La mujer, contrapunto cívico, noble y en muchos casos objeto decorativo, se convierte en la película en protagonista que cuenta con una extraordinaria antagonista, carcomida por los celos. Ante la personalidad y carácter de estos dos personajes femeninos, el resto de los protagonistas masculinos palidece.”J. Guitar” (Loman) es un pistolero, un hombre de vuelta de una vida agitada y que busca un lugar para echar raíces, y “el bailarín” representa el instrumento del que se vale el director para desencadenar el drama. El resto, en el mejor estilo de las tragedias griegas, es un coro dominado por un vociferante W. Bond. En ese coro no hay más autoridad de la que emana del poder y la fuerza.

He disfrutado con la mirada de Viena, el enigmático pasado de Johnny, la canción interpretada por P. Lee, su increíble cromatismo que ayuda a la expresividad del film, a la creación de estados de ánimo, a la vez que describe ambientes y personajes, y he gozado con un torrente de aforismos al más puro estilo del cine negro, a los que en mi primera visión, apenas presté atención: “Miénteme. Dime que me has recordado. Que hubieras muerto si no hubiera vuelto, que me quieres como yo te quiero”.

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Godard, otra vez Godard al comentar otro film de N. Ray: “Amarga victoria”, escribió “había el teatro (Griffith), la poesía (Murnau), la pintura (Rossellini), la danza (Einsestein), la música (Renoir), pero desde ahora existe el cine, y el cine es N. Ray”. Bueno, es una opinión y ya he dicho muchas veces que hay que respetar el criterio de cada uno. Lo cierto es que es un film nada maniqueo, en una época de buenos y malos, porque tan violenta es Emma como Viena. La primera con tal de conservar sus privilegios y matar a la mujer que le ha arrebatado a Dancing (“el bailarín”) y la segunda preocupada por las consecuencias de la llegada del ferrocarril.

En la primera página, en la primera frase de “Tristán e Isolda”, el autor hace una pregunta que contiene todas las respuestas: “quieren que les narre un cuento de amor, de locura y de muerte?”. De eso va este inclasificable film que convierte su autor en el primer moderno de los clásicos y en el último clásico de los modernos.

Este viernes 25 de noviembre, a las 20 horas, te esperamos en nuestro CineForum
Veremos Johnny Guitar en la Sala de Proyecciones del Colegio Nstra. Sra. de Montesión

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