A propósito de ‘Lejos del Cielo’

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Por  Jaime Llabrés Carbonell

Viendo “Lejos del cielo” y saboreando su lento ritmo, idóneo para retratar los estados de ánimo, las emociones de sus personajes, haciéndolos evidentes a través de miradas, de pequeños gestos, de ligeros matices, lejos de la grandilocuencia y la retórica, tan presentes en el cine de hoy, me pregunto cuál puede ser su acogida por un público, en general, adicto a la acción desaforada, a la violencia gratuita, a la crispación, al estruendo de las bandas sonoras…atento sólo a lo evidente, al blanco o negro.

lejos del cieloRevisar por segunda vez la película de Todd Haynes después de haber asistido no hace mucho al estreno de “Carol”, su último film, me ha confirmado que el director es en la actualidad el mejor representante del melodrama americano que sigue la tradición de D. Sirk y de Minnelli, los grandes maestros de los cincuenta, como en la década anterior lo habían sido Leisen y Stahl, y aunque en ambas películas aparece el tema de la homosexualidad presente en su cine desde sus inicios: “Asesinos (donde nos relata la tormentosa relación entre los poetas Rimbaud y Verlaine) o “Veneno” (basada en escritos de temática homosexual de Genet)no es este ni tampoco el racismo el eje esencial de la obra. Este es el de la soledad como consecuencia de la intransigencia de familiares y amigos. Los héroes o heroínas de su cine son víctimas de un opresivo e hipócrita entorno social que les obliga a vivir sus existencias (“el infierno son los otros” dijo J. Sartre) bajo el signo del aislamiento y el desamparo, reflejados en una puesta en escena donde cobra especial importancia la iluminación que Lachman, fotógrafo, conocedor de la obra del pintor Hopper (pintor de la soledad) cuyo estilo consideraba cinematográfico-narrativo, da a la película.

En la filmografía del director hay tres obras clave que justifican su adscripción al melodrama: “Lejos del cielo”, la miniserie televisiva “Mildred Pierce” y “Carol”. Soberbia trilogía inspirada en las formas del melodrama americano cuya materia prima son los sentimientos y estos son universales, por lo que no es de extrañar que el melodrama haya arraigado por todas partes aunque con rasgos diferentes condicionados por sus orígenes geográficos. Así si la exteriorización de los sentimientos, la tendencia a la exacerbación, el gusto por la teatralidad, son tópicos en el melodrama mediterráneo (Rossellini, comienzos de Visconti), las sociedades nórdicas se decantan por la interiorización, en una línea introspectiva próxima al psicoanálisis (Dreyer, Bergman…). El melodrama Hollywoodense (“Que el cielo la juzgue”, “Obsesión”, “Un extraño en mi vida”…) está a medio camino entre la exageración mediterránea y el ascetismo nórdico.

“Lejos del cielo reconstruye –sin ninguna nostalgia- la vida americana de los cincuenta: época de fulgor económico y restricción ideológica. El autor evoca en ella, “la plácida y feliz” superficie de la clase burguesa americana aunque en su estructura profunda la historia revela la realidad de un mundo reprimido, de emociones limitadas y de deseos que cruzan los límites de la tolerancia racial y sexual con trágicos resultados. En ese contexto de aparente felicidad Cathy (una espléndida J. Moore) acaba atrapada en un matrimonio infeliz y en una “maldita relación” con su jardinero negro.

La atmósfera que recrea Haynes es fascinante: los colores otoñales de las casas y los árboles contrastan con otros más artificiales: el violeta y el amarillo, expresión de ese otro mundo oculto, de espaldas a la sociedad que en el cine de sus maestros debía mantenerse velado y apenas sugerido. Como ellos cuida primorosamente el “envoltorio”, pero la poca consistencia de los personajes, especialmente de Cathy y Raymond (el jardinero) que, a veces, parecen “caídos del cielo” entraña el peligro de convertir la película en un mero ejercicio de estilo. Aún así, el film resulta un ajuste de cuentas con aquella sociedad censora y restrictiva de su tiempo y, a través del melodrama, el director consigue que toda su aparente felicidad se tambalee como un flan y acabe disolviéndose. A pesar de que la película evoca los cincuenta, creo que los mecanismos de ocultación siguen siendo los mismos y aún hoy resulta difícil no sucumbir a los rumores, prejuicios,  mentiras y los sentimientos siguen encerrados a cal y canto en lo más recóndito de nuestro ser.

Finalizo con una frase del propio director: “puede haber diferencias sociales, sexuales, culturales, y raciales, pero la primera diferencia y la más importante se determina al nacer, dependiendo de si eres niño o niña”. Parece que lo que veo, leo y oigo de la da razón.

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