A propósito de “Uno, dos, tres”

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un dos tres cineforum“El público es voluble. Hay que agarrarle por el cuello y no soltarle en toda la película”, dijo B. Wilder en cierta ocasión. Otros grandes directos coinciden, aunque con matices distintos, con su actitud ante el cine. “Para mí el cine son 400 butacas que llenar” afirmó Hitchcock y H. Hawks apostilló: “Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no aburrir”. Tres genios del cine asumen con estas frases algo que muchas veces se olvida: el cine puede llegar a ser arte, pero es ante todo una industria creada para que el producto resultante sea rentable, y para ello es imprescindible la complicidad con el espectador.

En todas las historias del cine figuran los autores antes citados: B. Wilder, Hitchock y Hawks a los que podría añadir una larga lista (Ford, Renoir, Lang, Sirk…) que filmaron atractivas historias que narraron extraordinariamente: comedias hilarantes (“Con faldas y a lo loco”), dramas como la vida misma pero sin las partes aburridas (“Sólo los ángeles tienen alas”), películas que nos han mantenido absortos desde el principio hasta el final (“Encadenados”)… y que supieron conciliar elementos aparentemente tan dispares como calidad y popularidad.

“El cine de aquellos tiempos- confirma mi amigo Juan Ferrer- refiriéndose al cine de los 40-50, tenía dos cualidades que casi nunca se dan juntas y que más bien suelen oponerse entre sí: el arte y la popularidad”. Tal vez, como señala Fassbinder, la clave de ello fue la consciencia por gran parte de aquellos directores de ser sólo piezas de una gran maquinaria y las frases con las que he iniciado el artículo lo subrayan. Eso permite que lo mismo que sucede ante una pintura de Velázquez, Renoir, Manet… una novela de Dickens, Tolstoi, Balzac… los espectadores de cine no sólo puedan disfrutar de una buena película sino que lo hagan a diferentes niveles.

El Quijote permite muchas lecturas, y si reúne un vasto espectro de lectores, es porque permite desde la ingenua lectura del que sólo ve la historia de un hidalgo que pierde la razón, a la del que identifica la trayectoria vital del protagonista con el momento histórico de España, o la del erudito que analiza la obra desde un punto de vista metaliterario. Lo mismo sucede en el cine con tantas y tantas películas que también permiten diferentes niveles de lectura. Y “Uno, dos tres” como la mayoría de las obras de Wilder es un buen ejemplo. El mismo año (1929) que Billy Wilder, joven periodista entonces, vapuleaba a la coca-cola (“sabe a neumáticos quemados”) se estrenaba en Berlín una obra teatral de Molnar: “Ein ,Zwei, Drei”. Billy Wilder vio la obra y le encantó.

Años después y en colaboración con su amigo Diamond, con el que trabajó durante 30 años, desde Ariane a Aquí un amigo, la adaptó para el El director, vienés de nacimiento y exiliado a E.E.U.U. (“mi exilio no fue idea mía, sino de Hitler”), considerado el heredero de Lubitsch por el que sentía una gran admiración y para el que escribió Ninostka, ha sido un autor de grandes obras que no siempre tienen que ver con la comedia: “Perdición” es un referente del cine negro, “El crepúsculo de los dioses” es una ácida visión del mundo de Hollywood, “Testigo de cargo” podría haberla filmado Hitchcock…Por supuesto tiene comedias, nostálgicas unas veces, “Avanti”, críticas , corrosivas otras: “Bésame, estúpido”, “Primera plana”…pero en todas ellas como en el resto de su obra su discurso no varía, tanto si se muestra la trama de un asesinato (“Perdición”) como la cobardía de un alcohólico (“Días sin huella”), como la de un gigoló vampirizado por una decadente estrella del cine mudo (“El crepúsculo de los dioses”) y ello unido a las dificultades con las que se enfrentan sus personajes, como en este caso, el jefe de ventas de la coca-cola en el Berlín de los En plena Guerra Fría, el jefe de ventas de la coca-cola (McNamara, interpretado por J. Cagney) en Berlín, recibe el encargo del presidente de la empresa de cuidar a su hija de visita e dicha ciudad. El escenario es, pues, el Berlín dividido.

Por cuarta vez, tras “Cinco tumbas al Cairo”, “Berlín Occidente” y “Testigo de cargo”, dirige otra película que habla de Alemania y de los alemanes. Pero en esta ocasión, el azar con el que el autor había jugado en sus películas, le gastó una mala pasada. Mientras se estaba montando el film, se hizo construir el famoso muro y de pronto, una obra que se reía de los rusos pero también de los americanos y alemanes, dejó de tener gracia.

Su éxito tuvo que esperar 20 años. Hoy, el muro de Berlín parece una anécdota más en un tiempo tan acelerado que sitúa sucesos de ayer casi en la prehistoria, pero lo importante es que la película logra mantenerse en pie. Y lo hace no por la anécdota o la esquemática crítica a los dos sistemas económicos imperantes en aquella época, sino por aspectos de los personajes que no debemos olvidar: el arribismo de su protagonista, el sistema de vida basado en consignas, la superficialidad…y por el ritmo vertiginoso- homenaje a la mejor comedia americana de los 20- los diálogos brillantes, irónicos, afilados (“Pero es que todo el mundo es corrupto?. No sé , no conozco a todo el mundo”) y las divertidas secuencias repletas de los Billy Wilder dijo: “escribir es una desgracia, es un trabajo muy duro y encima se hace para otra persona. Es como hacer una cama para que se acueste otro”. Y consecuentemente con ello escribió todas las películas que dirigió y lo hizo de tal modo que alguien afirmó: “Después de él ya no quedaron dudas, si alguien las tenía, que el guión lo era todo”.

Sus guiones escritos en la época de los 30 para Lubitsch, Leisen, Hawks, le abrieron las puertas de la dirección que inició en 1942 con “El mayor y la menor” y que no finalizó hasta 1981 en “Aquí, un amigo”. A lo largo de esos 40 años, mantuvo el suficiente sentido del humor como para destilar el vinagre y convertirlo de nuevo en vino. La mejor comedia consiste precisamente en eso: “tomar aquello que uno detesta y darle una vuelta para conseguir que los demás se rían de ello”. Son también palabras del maestro.

Jaime Llabrés Carbonell

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