El hombre que mató a Liberty Valance

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El Oeste siempre ha sido una prolongación de mis sueños. Unas veces de la mano de la lectura de Zane Grey, Karl May y por supuesto de Mallorqui y Marcial L. Estefania…Otras, del western. Bazin dijo: “el western es el encuentro entre una mitología con un medio de expresión”. Frase que comparto, pero  incomprensible para un niño de 10-12 años que ante un horizonte bastante gris, el color sepia lo teñía todo, soñaba en cines hoy ya desaparecidos: Oriental, Moderno, Capitol…las aventuras que no podía realizar. Aquellos films: “La diligencia”, “Río Rojo”, “Flecha rota”, “Horizontes lejanos”, “Winchester 73”…me han acompañado durante buena parte de mi vida y son hoy, sesenta años después de su estreno, auténticos referentes del cine del Oeste.

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John Ford y sus valores: amistad, generosidad, hospitalidad, fe en la familia…El western que le permitió reflejar lo mejor de sí y en el que mostró, entre otras muchas cosas, “el espíritu de la frontera”. Un lenguaje adquirido tras años de trabajo en el cine mudo, caracterizado por su clasicismo, por el ritmo que impregna a sus films. Un paisaje fetiche: Monument Valley. Un grupo de amigos, actores secundarios, que van apareciendo en sus films como si de una familia se tratase: V. Mclaglen, Ward Bond, A. Devine…sin contar con el omnipresente J. Wayne y en ocasiones H. Fonda. Unas bandas sonoras que rescatan antiguas baladas, a través del que la nostalgia se hace patente. En una palabra, como él mismo dijo: “me llamo J. Ford y hago películas del oeste”. Lo hizo y fue capaz de transformar el género en cada época: en los 20 con “El caballo de hierro”, en los 30 con “La diligencia” , en los 40 con “Pasión de ,los fuertes” y “Fort Apache”, en los 50 con “Centauros del desierto” y en los 60 con “El hombre que mató a L. Valance”.

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“El hombre que mató a L. Valance” es el último de los westerns clásicos al estar firmado por el cineasta referente del género (aunque, curiosamente ninguno de los cuatro Oscars conseguidos en su dilatada carrera, lo fue por una película del Oeste) y el primero de los contemporáneos por su crítica y moderna mirada. Basado en un magnífico guión de Warner Bellah cuyas historias inspiraron su trilogía de la caballería (“Fort Apache”, “La legión invencible”, “Río grande”) trata el mismo tema que ya había materializado en el 39, en “Corazones indomables” y que tratará en otras ocasiones: el canto al origen y desarrollo de las comunidades civiles. Por otra parte, tanto el film de Ford, como “Duelo al sol” de K. Vidor se vertebran alrededor de un mismo eje: el combate sin cuartel entre dos maneras antagónicas de entender la propiedad rural y el poder que se deriva de ella. ( “Raíces Profundas” de G. Stevens en otro excelente ejemplo). Sin embargo, al tiempo que el film canta el progreso de la comunidad, la civilización, reflexiona amargamente entre el olvido que ello supone para los que paradójicamente generaron mediante la violencia las bases de la evolución.

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Ford, en esta obra prescinde de las cabalgadas y los grandes paisajes abiertos. Cuenta una historia de hombres que vivieron un momento decisivo en la colonización del Oeste, tiempo en que los revólveres cedieron el puesto a la ley. Narra el cierre de la frontera y la nostalgia de una época pasada. Madurez y desencanto que modelaron un mundo cinematográfico característico de su imaginación, como el París de Balzac, el Londres de Dickens, o el Madrid de Galdós.

 

El film se inicia con un pequeño tren que se abre paso a través de una llanura mientras suena un silbato: llega. Finaliza con el mismo tren en una llanura más extensa mientras otra vez vuelve a sonar el silbato: se marcha. El tren, protagonista del film, no como en “El tren de las 3’10” o “El último tren de Gun Hill”, sino como un símbolo de la muerte del viejo oeste. Un viejo oeste por el que Ford sentía un gran amor.

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En el film, el anciano senador Ramson Stodard (J. Stewart) cuenta un periodista el porqué su viaje al pequeño pueblo de Shimbone: asistir al funeral de un viejo amigo, Tom Doniphon (J. Wayne), fallecido en el más absoluto anonimato. En un largo flash-back, que abarca la mayor parte de la película, nos cuenta su historia. La historia de un abogado que llega a aquella pequeña población con la convicción de implantar la ley y el orden y tanto L. Valance como T. Doniphone intentan hacerle comprender que en el Oeste la libertad, la autoridad de un hombre, se mide ante todo por su calidad como tirador y su rapidez de reflejos. Con la clásica sencillez de Ford, estos tres personajes, opuestos en sus objetivos y psicologías, representan los tres hombres del Oeste: Stodard la injusticia desarmada, Tom la libertad armada, Valance la violencia.

 

Un western puede ser tan complejo, profundo y crítico como cualquier película de Bergman o de Antonioni. Y este, aparte de entretenernos, cosa que no me suele suceder con los autores citados, y con otros muchos que confunden profundidad con aburrimiento, contiene un breve tratado político, una disertación sobre la libertad de expresión y de decisión y tan importante como lo anterior, un dilema ético.

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A lo largo de la obra, tanto Tom como Stodard, acaban haciendo concesiones a sus principios: Stodard recurre a la fuerza de las armas y se toma la justicia por su mano; Tom, por su parte, acaba cometiendo un asesinato a sangre fría con lo que viola su código y pierde a la mujer a la que ama. Tom en su lucidez opta por lo que conviene a la incipiente comunidad de Shimbone y su nobleza le lleva a defender la justica que intuye en Stodard, aunque esa justicia, como he dicho, vaya en contra de su forma de pensar. Stodard conoce, al fin, la verdad: no fue él quien mató a L. Valance, pero su vida ya va a construirse sobre esa mentira. Las palabras del periodista al que acaba de contar la historia son elocuentes: “esto es el Oeste y cuando la leyenda se convierte en realidad publicamos la leyenda”. Parecido final en “Fort Apache”. Palabras que tienen su irónico marchamo cuando ya al final, el solícito encargado del ferrocarril le dice al senador: “Nada es suficiente para el hombre que mató a L. Valance”.

Pero…la película es más que todo eso. Es una historia de amor y amistad, sacrificio silencioso y heroísmo anónimo (Qué paralelismo entre Tom y Ethan de “Centauros del desierto”). Cumplida su misión los dos acaban marginados de la comunidad que han ayudado a construir. La acción confinada entre las cuatro paredes de la cocina o del salón recrean momentos inolvidables: la imagen de Hally recortada en el umbral de la puerta, la paliza al editor del periódico, la mirada de Stodard al cactus colocado sobre el ataúd de Tom…Todo un clásico, que cada vez que re-veo me emociona, me hace reflexionar e incluso sonreír en momentos oportunos. Y me hace re-crear con tan solo estar sugerido, los vacíos y desencantados años vividos por Tom desde la muerte de L. Valance a la suya propia.

 

Trueba en la entrega del Oscar por su “Belle Epoque” dijo que B. Wilder era Dios. Si es cierto, acababa de fundar una religión politeísta. Hay otros dioses: Hawks, Walsh, Lang, Renoir…y por supuesto…Ford. Dilucidar quien es Zeus en ese Olimpo es una opción muy personal.

 

 

                                                                                                       Jaime Llabrés Carbonell

 

PD: A mi amigo Pedro Juan, que milagrosamente ha conseguido mantener la mirada de niño, imprescindible para gozar de la magia y fascinación del cine, y con el que comparto mi devoción por algunos de los dioses del Olimpo cinematográfico.